Introducción
La
década de los 90 constituyó, sin duda,
una etapa de profundas transformaciones sociales,
económicas y productivas en el agro pampeano.
Entre ellas, asistimos a una nueva ola de modernización,
iniciada ya en la década de los 60, que trajo
consigo nuevos paquetes tecnológicos para la
agricultura incluyendo nuevos sistemas de labranza,
semillas transgénicas, el uso creciente de
fertilizantes, la introducción del riego, la
difusión de la agricultura de precisión
y la creciente importancia que se le atribuye a la
tecnología de gestión (PIZARRO, J.,
1998). Proceso que refuerza la supremacía de
la agricultura y, sobre todo, de la soja por encima
de cualquier otra actividad productiva y que incrementa
la importancia de este cultivo como responsable de
los ingresos de la gran mayoría de las unidades
de la región.
En
el centro sur de la provincia de Santa Fe, el modelo
tecnológico que se difunde y adopta para el
cultivo de soja está basado en: 1- el uso de
variedades resistentes al herbicida de acción
total (glifosato) y 2-el reemplazo de las labranzas
tradicionales por la siembra directa. Otro elemento
a considerar pero más aleatorio, puesto que
depende de una alta inversión inicial y de
la disponibilidad y calidad de agua a nivel del subsuelo,
es la incorporación de sistemas de riego.
En
ese sentido, el objetivo de nuestro trabajo fue, en
una primera fase, evaluar el grado de adopción
del nuevo paquete tecnológico para el cultivo
de soja entre productores familiares capitalizados
que operan pequeñas y medianas superficies
en la localidad de Zavalla del Depto Rosario (Sur
de Santa Fe), identificando las normas de trabajo
que guían la acción en respuesta a una
situación particular, en este caso, en respuesta
a la difusión de nuevas técnicas. (ALBANESI,
R., ROSENSTEIN, S.; et. al. 2001).
Pero
sabemos que la mera identificación de los criterios
de trabajo o el análisis de los significados
que adquiere determinada práctica, no alcanzan
a explicar cómo son los mecanismos de producción
de conocimiento técnico a nivel local, cuáles
son los canales habituales de difusión y de
tratamiento de la información a través
de los cuales ésta se crea, recrea, y transforma.
Es por ello, que en esta etapa de la investigación,
nos proponemos reconstruir las redes de diálogo
que caracterizan a la localidad para poder conocer
no sólo la relación que existe entre
sus características morfológicas y la
incorporación de nuevas prácticas sino
también para explicar la incorporación
diferencial en función de la posición
que ocupan los actores en la red. Nos preguntamos
¿la forma de la red puede explicar la rápida
modificación en los últimos años
de las normas de trabajo? ¿cuál es la
relación que existe entre la dotación
de capitales(1) y la mayor o
menor vinculación al discurso técnico
de cada productor con el grado de adopción
de nuevas tecnologías?, ¿los más
“mirados” son los más “modernos”?.
1)
Al respecto, BOURDIEU, P (1995:82) considera cuatro
tipos de capitales: económico, cultural, social
y simbólico. El económico se define
por la dotación de recursos, el capital cultural
como informacional, el capital social (relacional)
como “la suma de los recursos, actuales y potenciales,
correspondientes a un individuo o grupo, en virtud
de que éstos poseen una red duradera de relaciones,
conocimientos y reconocimientos mutuos más
o menos institucionalizados…” Capìtal
simbólico es “el capital económico
o cultural cuando es conocido y reconocido…aquellos
que son conocidos y reconocidos están en condiciones
de imponer la escala de valor más favorable
a sus productos…” El volumen y estructura
de los capitales definen la posición que el
agente ocupa en el espacio social.
Partimos
de la hipótesis que existe una correlación
entre las características morfológicas
de los sistemas sociales de diálogo y las modalidades
en las que las formas de ver y actuar se negocian
para perpetuarse, transformarse, unificarse o diversificarse
dentro de un grupo local.
Definiendo
el sistema de conocimiento.
“Un
sistema de conocimientos está constituido por
las formas en que los miembros de una sociedad o de
un grupo social en particular categorizan, codifican,
procesan e imputan significado a sus experiencias
y las incorporan a su vida” (LONG, N., 1998).
Implica una manera de producir y reproducir el mundo,
una manera de explicitarlo, un “mundo vivido”
construido sobre la base de la incorporación
selectiva de ideas, percepciones, creencias, imágenes
en el transcurso de la vida cotidiana. Hablamos de
un proceso complejo y social, que no se construye
aisladamente sino en la interacción cotidiana
de los miembros de dicho grupo y que resulta en un
stock o acervo de conocimientos disponible para la
praxis. Este stock conforma directivas para la acción,
para poder orientarse en el mundo y saber como actuar
en cada situación práctica particular,
“de normas habituales bajo la forma de recetas”
(SCHUTZ, A., 1977). Así, en la vida cotidiana
el mundo se percibe, junto con los otros, como una
realidad ordenada a partir de un marco conceptual
de referencia. Y junto con los otros, las prácticas
de ese grupo adquieren una significación y
una tipificación compartidas, cada uno comprende
el sentido de la conducta del otro.
Pero si el
stock disponible deja de ser válido para responder
ante nuevas situaciones, el agente comenzará
a “ensayar” una nueva respuesta a partir
de las experiencias anteriores y simultáneamente
incorporará nuevas en tanto su acción
resulte o no exitosa, esto es, actuará a prueba
y error para resolver un evento inesperado. De ello
se deduce que el stock de conocimientos está
en permanente transformación.
Es este proceso
el que convierte a un sujeto en agente social con
capacidad de obrar, de intervenir en el mundo y “producir
una diferencia” con respecto al estado de cosas
preexistente, o sea de ejercer alguna clase de poder
(GIDDENS, A. 1995).
En el caso
de los productores agropecuarios ¿cómo
se construye ese stock de conocimientos que va a guiar
sus formas de ver y actuar? Las “normas de trabajo”
que ponen en práctica en sus actividades son
una producción del propio grupo, resultado
del intercambio cotidiano de informaciones, experiencias
y de la observación, es decir, de la cooperación
a nivel de las ideas, no siempre consciente ni intencional.
Esta actividad se cumple en las cadenas o flujos de
diálogo, en las que, según la posición
que ocupen los actores en el espacio social, todos
participan en la construcción de las normas.
Y, sobre todo, todos las respetan. No hacerlo significaría
perder crédito social dentro del grupo de pares.
Se construye así un sentido común entre
sus miembros, una significación compartida
de los objetos y acciones ligados a una actividad
dominante: “cuando se habla, se habla de las
mismas cosas, se conocen las mismas cosas, se comprenden
las reglas de conversación” (DARRÉ,
J.P., 1985). Desde esta perspectiva, la localidad,
definida como “un grupo caracterizado por la
co-presencia y la co-actividad” (DARRÉ,
J.P., 1985) aunque la co-actividad no implique necesariamente
comunidad de intereses ni ausencia de conflictos,
adquiere una importancia fundamental en la producción
de conoci-miento.
En el caso
que nos ocupa, la agricultura es la actividad dominante
tanto en términos de ocupación del espacio
como de las personas implicadas directa o indirectamente
en ella. Aún quiénes se dedican a actividades
no directamente agrícolas (el “corredor”
de cereales, el herrero) comparten el significado
de los comportamientos que forman parte de la “cultura”
local. La localidad no es sólo el espacio que
facilita los encuentros cotidianos entre los productores,
sino que “es un conjunto articulado de espacios
sociales y geográficos donde tiene lugar la
interfase entre éstos y las organizaciones,
empresas e individuos que intervienen en su actividad
técnica y económica” (ALBALADEJO,
C., 2000). Dentro de estas organizaciones y/o individuos,
adquiere importancia fundamental la relación
con los organismos ligados a la generación
y difusión de tecnologías, tanto de
la esfera pública como privada, portadores
del discurso técnico.
Ahora bien,
en función de las normas dominantes que explicitan
las cosas posibles y no posibles para un grupo, podría
pensarse que, dentro de la localidad, todos los productores
actúan de la misma manera. No es así.
El sistema de normas es cambiante y múltiple
y lo será aún más en un contexto
de creciente complejización de la actividad
que exige dar nuevas respuestas a nuevas situaciones,
tanto de producción como de gestión.
Los distintos marcos de interpretación dentro
de un grupo local se negocian e interpenetran en los
encuentros cotidianos, generando nuevo conocimiento
y nuevas prácticas. Pero estas interfases entre
distintos sistemas no se producen sin conflicto en
tanto están imbrincados en los procesos sociales
más generales que implican cuestiones de poder,
de autoridad y de legitimación. El concepto
de interfase o de encuentro cara a cara alude precisamente
a cualquier situación en la que tienen lugar
contiendas sobre cuestiones, recursos, valores y representaciones,
en la que los actores confrontan, movilizan relaciones
sociales y despliegan discursos para el logro de fines
específicos (LONG, N., 1997). Por ello, así
como estos encuentros reflejan y contribuyen al conflicto
entre grupos sociales también llevan al establecimiento
de percepciones e intereses comunes.
Sin embargo,
no todos los miembros de un grupo tienen las mismas
posibilidades de ejercer la influencia y presión
necesarias para que una nueva variante sea considerada
y sometida a la reflexión. La capacidad para
“convencer” a los otros de la validez
de sus propios puntos de vista dependerá del
lugar de mayor o menor poder que cada actor ocupe
en el espacio social, lugar definido por el volumen
y la estructura de los capitales (económico,
cultural, social y simbólico) incorporados
en su trayectoria histórica. El grupo local
puede reconocer valor a la palabra de unos pocos,
generalmente a los de mayor poder económico
y social o, por el contrario, ampliarlo a la mayoría
de sus miembros. En el primer caso, podría
esperarse que el resto “acate”, se “enrole”
en el proyecto de otro o, por el contrario, no lo
evalúe como posible de llevar a la práctica,
ampliándose la brecha entre “innovadores”
y “seguidores”. De cualquier manera, será
difícil que la negociación dé
como resultado la construcción de un significado
compartido. En el segundo caso, “la ampliación
de las posibilidades de tomar la palabra es la que
engendra rápidamente una aceleración
del flujo de diálogo y de la investigación
colectiva y, por lo tanto, un movimiento de las posiciones
dentro del grupo” (DARRÉ, J.P., 1996).
Ambas situaciones
se traducen en morfologías de redes extremadamente
diversas: una primera forma puede caracterizarse por
la presencia de un subgrupo minoritario compuesto
por los productores más cercanos a los organismos
de difusión y generación de tecnologías
y el resto. Los puentes son reducidos o inexistentes,
esto es, prácticamente no hay intercambios
entre ambos grupos. La consecuencia es que las nuevas
técnicas llevadas a la práctica por
los más dinámicos no funcionan como
nuevas variantes posibles para los otros. Una segunda
forma puede mostrar la existencia de varios subgrupos
socialmente jerarquizados pero ligados entre sí
por puentes. Por lo general, uno de ellos detenta
la legitimidad técnica. Si bien la configuración
social es algo más flexible que la anterior,
se sigue adjudicando valor a la palabra de los pocos
que constituyen el grupo dominante. Una tercera forma
es la que da cuenta de un sistema de interacciones
denso y poco jerarquizado: subgrupos claramente identificables
relacionados entre sí por numerosos puentes.
Una morfología de este tipo favorece una rápida
recreación y transformación del sistema
de conocimiento en tanto todos o casi todos tienen
derecho a ser escuchados. Un cuarto tipo posible de
encontrar se caracteriza por una menor densidad de
relaciones de diálogo debido a la presencia
de subgrupos menos estructurados. El flujo de diálogo
tiene lugar entre dos o tres miembros o bien en cadena,
sin que ninguno de ellos adquiera una posición
dominante. Puede observarse aquí una mayor
tolerancia entre las variantes técnicas individuales
y, a la vez, una menor aptitud para debatirlas y consensuarlas.
(DARRÉ, J. P., 1988: 4).
Es evidente,
entonces, que la capacidad de un grupo para renovar
sus sistemas de normas depende fundamentalmente de
las características de las redes de diálogo,
es decir, de la densidad de los vínculos y
del tipo de intercambios (por vecindad, amistad, parentesco,
etc). En este interjuego, hay un reposicionamiento
constante de los actores, se apropiarán selectivamente
de lo “nuevo” o lo “tradicional”
en función de la significación que le
atribuyen para su propia práctica. Si de adopción
de nuevas tecnologías se trata, esto significa
que el resultado será la conformación
de distintas modernidades, esto es, tendencias diferentes
o contratendencias al modelo unilineal y hegemónico
de modernización impuesto desde afuera. (LONG,
N, 2000).
Lo dicho anteriormente
es absolutamente válido cuando se trata de
analizar la relación entre técnicos
y productores. Son encuentros entre distintos sistemas
de conocimiento, portados por actores socialmente
diferentes. Muchas veces, técnicos y productores
no hablan de las mismas cosas, no se refieren a la
misma realidad, sus referentes no son los mismos y
la consecuencia es la falta de cooperación
a nivel de las ideas. En tanto los técnicos
no puedan reconocer que existen otras formas de conocimiento
igualmente válidas y sigan tratando de imponer
su propio punto de vista, afirmando tener la “visión
objetiva”, no será posible construir
un sentido común. Quizás podrán
construirlo con algunos miembros del grupo local,
aquellos que por su dotación de capital global
están más cercanos al discurso técnico,
pero no con todos. Y seguirán creyendo que
es suficiente con demostrar la utilidad o mayor rentabilidad
de una determinada técnica para que ésta
sea inmediatamente adoptada y si ello no ocurre es
porque los productores son “tradicionales”,
reticentes al cambio, carentes de toda racionalidad
económica.
El análisis
de las redes constituye así una herramienta
para describir no sólo la forma social de la
producción de conocimientos para la acción
sino también para analizar el conjunto de las
relaciones sociales presentes en la comunidad.
Metodología
La
unidad de análisis de la presente investigación
es la producción y transformación del
conocimiento que un grupo de productores pertenecientes
a la localidad de Zavalla aplica a su actividad, ubicada
ésta en el centro-sur de la provincia de Santa
Fe, corazón de la región pampeana argentina.
Optamos
por el estudio de caso en tanto se pretende llegar
a la comprensión total del grupo estudiado,
a la vez que, extraer conclusiones teóricas.
Así, el método puede definirse como
“el examen detallado de un fenómeno (o
de series de fenómenos) que, según el
analista, ilustra (o ilustran) un principio teórico”.(MITCHELL,
J., 1983)
Para
recabar la información, aplicamos entrevistas
semiestructuradas sobre un universo de productores
definido por: 1- la actividad productiva, esto es,
los que realizan soja con experiencia en el manejo
del cultivo y 2- la pertenencia a una localidad: definida
como aquella en dónde desarrollan el grueso
de las actividades comerciales, utilizan los servicios
(salud, educación), asisten a los servicios
religiosos o a actividades recreativas, participan
en sus instituciones y se asesoran técnicamente.
Con estos criterios, se identificaron 43 unidades
productivas a cargo de productores considerados locales.
De ellas, se entrevistaron 38 productores, de los
cuales se descartaron 2 puesto que ya habían
cedido la tierra a terceros en el momento del relevamiento.
Los restantes se negaron a ser entrevistados.
Entre
los productores cuyas unidades se encuentran dentro
de este espacio pero cuyos lazos de socialización
están fuera de él, encontramos a los
propietarios de las dos estancias que aún persisten
en la localidad y a un tercero, ingeniero agrónomo
y dirigente de AAPRESID, ninguno de los cuales reside
en Zavalla. O sea que el grupo que definimos y se
define a sí mismo como local constituye la
inmensa mayoría de los productores agrícolas
del distrito.
El
objetivo fue conocer los canales a través de
los cuales los productores reciben información
técnica y los de diálogo cotidiano,
esto es, definir sus perfiles comunicacionales. Así,
no sólo nos interesaba relevar el capital social
a partir del número de vínculos sino
también identificar quién habla con
quién de cuestiones técnicas en los
encuentros cotidianos, el tipo de vínculos
que se establece, si la comunicación se produce
sólo entre productores locales o también
con los de otras localidades y cuáles son los
lugares habituales dónde tienen lugar dichos
encuentros.
Como
indicadores de la mayor o menor cercanía al
discurso técnico, recurrimos al grado de relación
que los miembros del grupo establecen con los organismos
de generación y difusión de tecnologías
y con los agrónomos de la actividad privada.
En el caso de Zavalla, adquieren importancia la Agencia
de Extensión del INTA más próxima
(Roldán), la Facultad de Ciencias Agrarias
de la Universidad Nacional de Rosario y los técnicos
radicados en la localidad o en localidades vecinas.
También se relevó el acceso a otras
fuentes de información, tales como revistas,
folletos, programas de televisión o charlas
técnicas. Estos indicadores son importantes
en tanto la disposición a la búsqueda
de información constituye un aspecto importante
del capital cultural de los actores.
Con
los datos obtenidos se construyeron las redes de diálogo,
herramienta que nos permitió visualizar: 1-
la densidad de vínculos, tomando como referencia
el número de lazos efectivos sobre el número
de lazos posibles, 2- el tipo de vínculo: por
vecindad, amistad, parentesco y trabajo. Los primeros
son aquellos que se establecen entre productores con
unidades productivas contiguas mientras que los de
amistad se definen por afinidades personales y tienen
lugar en ambientes recreativos (bares, peñas).
Las relaciones de trabajo tienen lugar cuando existe
una sociedad entre dos o más productores, cuando
hay prestación de servicio de labores o cuando
se toma (o se cede) tierra en arrendamiento.
El
grupo local aparece conformado por subgrupos de 2
ó 3 personas generalmente, cuyos intercambios
se dan con mayor frecuencia. Ello no significa que
el grupo no tenga una existencia real: los subgrupos
o “grapas” se relacionan entre sí
a través de numerosos puentes, dentro de una
cadena continua de intercambios. “Una grapa
incluye al menos 3 productores y se caracteriza por
el hecho de que cada uno de los miembros está
en relación con todos los demás miembros
de la grapa”, “ello produce un salto cualitativo
en relación a situaciones de simple diálogo
entre dos” (CITTADINI, R, 1993). En nuestro
caso, el criterio para definir las grapas fue que
cada uno de los 3 individuos que la conforman estuviera
ligado directamente por lo menos con otros dos del
mismo subgrupo (esto es, que cada uno nombrara por
lo menos a dos o bien que fuera nombrado por dos).
Hablamos en este caso de lazos fuertes pero también
los débiles son importantes porque establecen
“puentes” entre grapas. Normalmente, éstos
últimos se establecen entre dos individuos
que pertenecen a grapas diferentes y que, a su vez,
tienen vínculos fuertes dentro de su propia
grapa.
La
construcción de las grapas fue posible en el
caso de los lazos de vecindad, en tanto cada unidad
de producción pudo ser ubicada en el mapa catastral.
En el caso de los productores que además de
tener tierra propia toman tierra de terceros, se priorizó
su ubicación en el primer predio mientras que
los contratistas puros, que generalmente toman parcelas
separadas una de otra, se ubicaron en aquella que
evidenciaba con mayor claridad sus lazos de vecindad.
La limitante de este criterio es que no permite visualizar
los lazos que el productor que trabaja distintas parcelas
establece con sus vecinos en cada una de ellas.
Pero
los lazos de vecindad no son los únicos dentro
del grupo local, también es necesario ver cómo
los intercambios que se producen por relaciones de
amistad, parentesco o de trabajo refuerzan o no los
primeros, esto es, establecen puentes entre los subgrupos,
aumentando la densidad de la red de diálogo.
Las relaciones de los actores no son excluyentes:
un mismo actor puede tener intercambios cotidianos
con sus vecinos pero también con su familia,
con sus amigos o sus socios.
En
función del grado de adopción de las
nuevas tecnologías, se definieron 6 categorías
que se relacionaron no sólo con los perfiles
dialogales de los actores sino, también, con
la dotación de capital global (económico,
cultural y social). Pusimos especial énfasis
en la descripción del volumen y estructura
de los capitales de la categoría de productores
“innovadores”, es decir, de aquellos que,
a juicio del grupo local, merecen tal calificativo.
Para
el análisis estadístico de los datos,
se utilizó el método factorial de correspondencia
de componentes principales. Cabe aclarar que dicho
análisis sólo arrojó correspondencias
significativas en el caso de la relación entre
las categorías de adopción y la disposición
de los actores a la búsqueda de información.
Los
Productores Locales
Los
productores analizados pueden ser definidos como productores
de organización laboral familiar, poseedores
de un grado diferencial de capital, que trabajan pequeñas
y medianas extensiones de tierra.
Las
variables que caracterizan las unidades productivas
locales ya fueron descriptas en detalle en un trabajo
anterior (ALBANESI, R., ROSENSTEIN, S.; et.al.,
2001). Baste decir aquí que, en relación
a la superficie y tenencia de la tierra, la gran mayoría
de los productores posee parte o la totalidad de la
tierra operada en propiedad, siendo el promedio de
116 has. A su vez, el 47% toma tierra en arrendamiento.
El trabajo es fundamentalmente familiar. Solamente
el 25% de los productores contrata ocasionalmente
un asalariado temporario para las épocas de
mayor trabajo, como la siembra y cosecha.
En
la mayoría de los casos analizados algún
miembro de la familia desarrolla actividades extraprediales.
La actividad más frecuente es la prestación
de servicio de labores de siembra, pulverización
y/o cosecha en la localidad y en otras zonas de la
región.
Respecto
a la dotación de capital fijo se verifica que,
en los casos que prestan servicio como contratistas
de labor y/o que toman tierra de terceros, se da un
alto grado de capitalización. Cuentan con sembradoras
para siembra directa (algunas son adaptadas) y salvo
uno el resto posee cosechadoras que, en la mayoría
de los casos, tienen menos de 10 años de antigüedad.
Por
el contrario, aquellos productores que no han incorporado
el contratismo de labor y/o de producción como
parte de sus estrategias, poseen un grado de capital
fijo en maquinarias más bajo.
En
relación a la actividad productiva, la gran
mayoría realiza sólo agricultura y,
dentro de ella, la soja de primera o el doble cultivo
trigo-soja ocupan un lugar prioritario. Pueden incluir
otros cultivos en sus rotaciones: arveja y lenteja
en sustitución del trigo y maíz, sorgo
y girasol pero siempre en proporciones menores a las
destinadas a la soja.
Sin
embargo, a la hora de representarse en una posición
en el espacio social, el 76,6% de los productores
de Zavalla se ven a sí mismos como muy chicos
o chicos, casi independientemente de la superficie
que trabajan o del capital que disponen. Inclusive,
muchos de ellos, poseyendo una superficie mayor a
la estimada para la unidad agrícola económica
y/o un parque de maquinarias que supera el promedio
de la zona.
Nuevas
técnicas para viejas tareas y nuevas tareas
con sus propias técnicas
Los
patrones de adopción tecnológica del
grupo local
El sistema de normas de trabajo que guía la
acción del grupo local en respuesta a la difusión
del nuevo paquete tecnológico para soja indica
que, con respecto a la siembra directa, “no
conviene jugarse por entero a una sola técnica”.
Por el contrario, “la soja RR constituye
una alternativa tecnológica altamente conveniente”,
dado el menor costo en herbicidas y la simplificación
del manejo. En cuanto al riego, la norma consensuada
indica que no es conveniente debido a que la alta
inversión inicial no justificaría la
diferencia de rendimientos.
Así,
tomando en cuenta el grado de adopción de las
nuevas técnicas consideradas, se definieron
6 categorías: 1- No adopción de siembra
directa, variedades RR, sin riego, 2- Adopción
total de siembra directa, variedades RR, sin riego,
3- Combinación de siembra directa con labranza
convencional o reducida, variedades RR, sin riego,
4- Combinación de siembra directa con labranza
convencional o reducida, variedades tradicionales,
sin riego, 5- Combinación de siembra directa
con labranza convencional o reducida, combinación
de variedades RR con tradicionales, sin riego, 6-
Combinación de siembra directa con labranza
convencional o reducida, variedades RR, con riego.
La
mayoría de los productores (61,1 %) está
comprendida en la categoría 3, porcentaje que
disminuye al 19,4 % para la 2 y al 11,1 % para la
primera. En las 3 restantes sólo hay un caso
en cada una (2,8%) Se trata precisamente de estrategias
particulares, algunas de las cuales son muy “miradas”
por el resto de los miembros del grupo local y, por
esa razón, nos parece importante mantenerlas
como tales para el análisis. (Tabla Nº
1).
Tabla
1:
Relación entre número de vínculos
efectivos y categoría de adopción
de los productores de Zavalla |
|
| Fuente:
Elaboración propia. Los números
corresponden a los asignados a cada productor
entrevistado. |
Estos
resultados corroboran la vigencia del sistema de normas
dominante. Pero ¿en dónde reside el
sentido que éstas adquieren para estos actores?
Las
ventajas de la siembra directa, asociadas fundamentalmente
a la conservación del suelo y a la acumulación
de agua en el perfil, se vienen difundiendo desde
hace por lo menos dos décadas a través
de las actividades desarrolladas por AAPRESID. La
información ha estado al alcance de todos dado
que uno de sus dirigentes más importantes tiene
su explotación en el distrito Zavalla y allí
se han hecho periódicamente muestras dinámicas.
Sin embargo, recién cuando la difusión
de las variedades RR permite bajar el costo de aplicación
de herbicidas y simplificar el manejo del cultivo,
los productores comienzan a interpretar la técnica
como una vía de reducción de los costos
de combustible y mano de obra, del tiempo de trabajo
y de simplificación de las labores de preparación
de cama de siembra. Inclusive, para algunos con alto
grado de descapitalización, la posibilidad
de reducir la siembra a una sola labor contratada
les permite persistir como productores sin tener que
ceder su tierra a terceros. Estas razones son determinantes
en la elección de los productores de la categoría
2.
En
la categoría 3, si bien enuncian las mismas,
incorporan parcialmente la siembra directa porque,
a la hora de tomar decisiones, le asignan mayor importancia
al riesgo económico que implica reemplazar
superficie dedicada a soja por maíz o sorgo,
cultivos necesariamente asociados a la práctica
de la siembra directa desde las recomendaciones técnicas.
En segundo lugar, adquiere relevancia el peso del
conocimiento tradicional, transmitido de generación
en generación, cuando en la negociación
con los más viejos, los más jóvenes
terminan perdiendo. En tercer lugar, algunos están
más preocupados por el futuro incierto del
precio de la soja RR y los problemas de contaminación
de las napas de agua que, según ellos, acarrea
el uso excesivo de herbicidas. Finalmente, para otros,
lo más importante es la escasa disponibilidad
financiera a la hora de comprar los herbicidas y pagar
la contratación de la aplicación, dado
que carecen del equipo de pulverización. El
criterio dominante es que no hay posibilidad de correr
riesgos que atenten contra el ingreso de la unidad
de producción.
Los
productores de la categoría 1, dada su escasa
disponibilidad de recursos económicos o su
alto grado de endeudamiento, evalúan que es
más importante para ellos el costo que implica
la contratación de la labor (no disponen de
la sembradora) que las ventajas que obtendrían
con la incorporación de la técnica.
La
razonabilidad de la no adopción o adopción
parcial de variedades RR (categorías 4 y 5)
tiene que ver con una estrategia particular: el cultivo
de soja “orgánica” o bien, porque
temen problemas comerciales en el futuro. Finalmente,
el único productor que transgrede la norma
de la no conveniencia del riego en la localidad es
tradicionalmente “maicero” (cultivo más
exigente en agua que la soja) pero, aún así,
termina acordando con sus pares en que su uso es antieconómico
con altos precios del combustible y bajos precios
de los granos.
La
morfología de la red de diálogo
La
morfología de la red de diálogo de los
productores de la localidad se caracteriza por su
elevada densidad, lo que explica la existencia de
un sistema de conocimiento local en permanente transformación.
Se
pueden observar tres subredes bien marcadas, correspondientes
a los lazos de vecindad pero, a su vez, éstas
están conectadas por numerosos puentes, siendo
los de amistad de mucho mayor importancia en relación
con los de parentescos y relaciones de trabajo. (Gráficos
1, 2 y 3) ¿Dónde tienen lugar estos
encuentros que llamamos de amistad? En la localidad
hay, por lo menos, tres galpones de maquinarias dónde
los productores se reúnen a comer dos o tres
veces por semana y que ellos mismos denominan “peñas”.
Compartir un asado implica también compartir
información y experiencias sobre su práctica
cotidiana. Casi todos participan en una u otra pero,
a la vez, no son excluyentes, esto quiere decir que
un mismo productor puede concurrir a más de
una peña. El bar constituye otro lugar importante
de encuentro. Existen dos bares en la localidad en
la que los productores se reúnen diariamente
después de la jornada de trabajo pero, a diferencia
de las peñas, los que concurren a uno no van
al otro. A la tardecita, se los ve en el bar y por
la noche en las “peñas”. Casi el
80% de los productores de Zavalla frecuentan ambos
lugares de encuentro con sus pares. Aunque en menor
proporción, también charlan en el club
y en otras instituciones locales en las que eventualmente
participan: la iglesia y la cooperadora de la escuela.
GRÁFICO
1:
Red de diálogo por vecindad |
GRÁFICO
2:
Red de diálogo por amistad |
GRÁFICO
3:
Red de diálogo por parentesco y por trabajo
|
 |
 |
 |
| Fuente:
Elaboración propia |
- - - - - - - - -
_________
|
Red
de diálogo por parentesco
Red de diálogo por trabajo. |
En
relación con la compra de insumos y la venta
de la producción, la cooperativa local concentraba
prácticamente las dos actividades hasta hace
pocos años. Desde su quiebra, los productores
se han visto obligados a buscar otros canales, se
han dispersado, desapareciendo así uno de los
lugares de intercambio más activos. En la actualidad,
compran los insumos en dos comercios de la localidad,
cuyos propietarios son ingenieros agrónomos,
y también en localidades vecinas (Pujato, Arnoldt,
Casilda). De la misma manera, venden la producción
a acopiadores privados de Zavalla o de otras localidades
o bien directamente a exportación.
Pero
la desaparición de la cooperativa como lugar
de intercambio no ha sido obstáculo para que
en el curso de los últimos años los
productores modificaran rápidamente sus formas
de ver y actuar, lo que indica que hay otras actividades
de mayor incidencia en la cooperación a nivel
de las ideas.
Por
otra parte, no debemos olvidar las relaciones de trabajo
ni de parentesco. Las primeras adquieren particular
importancia en los casos de productores que prestan
servicios de siembra y cosecha y/o toman tierra en
arrendamiento, tanto en la zona como en otras regiones.
Esta actividad les permite conversar y observar los
resultados de la aplicación de las nuevas técnicas
y comparar con sus propios resultados.
Se
evidencia en Zavalla un alto grado de multipertenencia
lo que asegura que la discusión de las normas
de acción no quede restringida a un grupo sino
que es “llevada” y “traída”,
reflexionada y transformada, desde el grupo de vecindad
hacia el de amigos de la peña y el bar, desde
la familia hacia el que contrata una labor de siembra,
desde otras regiones hacia la comunidad local.
La
densidad de los vínculos:
La densidad de los vínculos de la red de diálogo
queda en evidencia cuando se analiza el número
de vínculos efectivos de cada productor. El
47,2% nombra o es nombrado entre 6 y 8 veces, tienen,
entonces, entre 6 y 8 vínculos efectivos sobre
41 posibles(2). El 25% tiene
entre 3 y 5, el 22,2% 9 o más y sólo
un productor puede considerarse aislado en relación
con sus pares, en tanto enuncia que sólo se
comunica con técnicos. (Tabla Nº1).
(2)
Resulta de sumar: a- productores entrevistados (35
lazos posibles), b- 3 productores no entrevistados
que son nombrados por alguno de los anteriores y c-
3 cededores nombrados por aquellos que arriendan sus
parcelas.
¿Se puede afirmar que, en Zavalla, los productores
más “modernos”, esto es los que
adoptan más rápidamente las nuevas técnicas,
son aquellos con mayor número de vínculos?
Quizás, los que adoptan siembra directa para
la totalidad de la superficie trabajada son portadores
de una variante al criterio dominante de que “no
conviene jugarse a una sola práctica”,
son los más “modernos” desde el
punto de vista de lo que el grupo local siente que
es posible o razonable. Decimos una nueva variante
porque es en esta categoría dónde aparece
con mayor fuerza el discurso de la siembra directa
como herramienta para acumular agua en el perfil al
momento de la siembra y conservar la estructura del
suelo. En este sentido, los datos muestran una tendencia
a que el grueso de los productores de la categoría
2 tengan mayor número de vínculos (9
o más) que el grueso de los productores de
la categoría 3 (6 a 8) y éstos, a su
vez, mayor número que el grueso de la categoría
1 (3-5).
Si
el capital social no es nada más que volumen
de capital económico y cultural reconvertidos
en relaciones y poder simbólico (BOURDIEU,
P., 1995), los más “modernos” serían,
a la vez, aquellos que detentan mayor dotación
de recursos. Pero en Zavalla esto no ocurre. Si bien
encontramos en esta categoría a los dos productores
con mayor superficie en propiedad dentro del grupo
local (400 y 800 has), el resto está por debajo
del valor promedio para la zona. Tampoco son los que
toman mayor cantidad de tierra en arrendamiento (el
máximo son 100 has), y hay 3 casos que sólo
trabajan tierra propia. En relación con el
capital fijo también se observa una gran heterogeneidad:
desde aquellos que carecen de maquinarias y terciarizan
todas las labores hasta los altamente capitalizados,
precisamente, porque son los que prestan servicios
a terceros. Por otra parte, sólo 2 productores
son propietarios de la sembradora específica.
Esta
misma heterogeneidad se repite para la categoría
2. Quizás sea la categoría 1 la que
muestre mayor homogeneidad en la dotación de
recursos: se trata, en su mayoría, de productores
con escasa superficie en propiedad, escaso y/o obsoleto
parque de maquinarias y que no poseen sembradora para
directa. Aquí el capital económico tiene
mayor incidencia en la adopción de la estrategia,
son actores que no pueden darse el lujo de correr
riesgos.(Tabla Nº 2).
Tabla
2:
Dotación de tierra y capital fijo de
los productores de Zavalla |
|
| Fuente:
Elaboración propia. |
Evidentemente,
no siempre es el capital económico el determinante
de la adopción del nuevo paquete tecnológico.
Por el contrario, parecería que ésta
forma parte de toda una estrategia productiva tendiente
a lograr la persistencia de las unidades, una estrategia
que asumiendo las limitantes impuestas por el capital
económico intenta “superarlas”
a partir de la reducción de los costos de producción,
el aumento de la escala tomando tierra en arrendamiento
o la diversificación del ingreso a través
de la prestación de servicios. Tanto es así
que ninguno de los productores de las categorías
predominantes enuncia que la escasa superficie en
propiedad o la obsolescencia del parque de maquinarias
condicionen la incorporación o no de nuevas
prácticas.
El
tipo de vínculo:
La correlación existente entre número
de vínculos y categoría de adopción
no se manifiesta tan claramente a la hora de analizar
el tipo de vínculo con el grado de incorporación
de nuevas técnicas.
Los
lazos de vecindad y, fundamentalmente, los de amistad
predominan en todas las categorías lo que indicaría
que ni los productores más “modernos”
ni los menos “modernos” priorizan una
red de diálogo sobre otra a la hora de discutir
y negociar las nuevas variantes. Charlan con sus vecinos
y también con sus amigos, socios y parientes:
todos son interlocutores igualmente válidos
en el momento de intercambiar información.
Quizás,
lo más notable es que las relaciones por trabajo
se dan fundamentalmente entre productores de la categoría
3, o sea que tanto los contratistas de labor como
los de producción pertenecen en su mayoría
a esta categoría. El supuesto de que aquellos
que establecen lazos más intensos con otras
localidades y regiones son los portadores de las nuevas
prácticas no parece cumplirse cabalmente en
Zavalla.
Lo
dicho nos muestra que la morfología de la red
local, además de densa, es poco jerarquizada.
No existe un subgrupo cuya palabra tenga mayor valor
que la de otro, con mayor capacidad para convencer
al resto de la validez de sus propios puntos de vista.
Esta condición es la que asegura una rápida
transformación del conocimiento a nivel local
pero, a la vez, nos permite comprender porqué
ningún miembro se aparta demasiado (ni aún
los más “modernos”) de las normas
consensuadas. Ninguno quiere arriesgarse a quedar
excluido del grupo de pares.
La
relación con el discurso técnico
No
podríamos comprender la relación actual
del grupo local con el sistema de conocimiento técnico
si no consideráramos el proceso a través
del cual éste ha intervenido históricamente
en la localidad. Sintéticamente, lo que se
advierte es que el “técnico” viene
de la mano de la difusión del cultivo de la
soja, a mediados de la década del 70. Ello
no significa que no haya habido presencia previa del
INTA o de asesoramiento privado en forma esporádica:
lo que queremos decir es que recién a partir
de ese momento adquiere identidad para los productores
como un sistema de conocimiento diferente al suyo,
se empieza a construir sistemáticamente la
interfase entre ambos. La razón es simple:
la soja es un cultivo nuevo, los productores no pueden
apelar a la experiencia agrícola acumulada
para hacer frente a la nueva situación productiva.
Entonces, comienzan a demandar información.
Se
evidencia que los procesos de intervención
en la localidad por parte de los organismos oficiales
han sido erráticos, por lo que podemos suponer
que han tenido poco impacto sobre la transformación
de las prácticas productivas locales. Zavalla
no ha sido una población definida como objetivo
prioritario de desarrollo por parte del INTA. Por
el contrario, la construcción de la interfase
entre ambos sistemas de conocimiento tuvo como actores
fundamentales a los productores y los técnicos
de la actividad privada, ya sea asesores de cooperativa
o vendedores de insumos. Y esto queda demostrado cuando
se analiza cuantitativamente la densidad de los vínculos.
Las
relaciones entre productores y técnicos son
densas: los productores los consultan con frecuencia
(50%) o bien, en forma ocasional cuando se presenta
algún problema (50%).
Al
momento de este relevamiento, la oferta de asesoramiento
técnico estaba a cargo de cuatro ingenieros
agrónomos, de los cuales tres eran oriundos
de la localidad. Dos de ellos poseían comercios
de agroquímicos y, desde allí, asesoraban
a los productores. Los otros dos son hijos de productores.
Estos últimos participan directamente en la
actividad productiva de la empresa familiar.
Esta
característica de ser “locales”
y, a la vez, hijos de sus vecinos explica en parte,
la densidad de los diálogos: más que
técnicos, los miembros del grupo local los
consideran como pares con los cuales se puede hablar
de las mismas cosas. Y se puede hablar en el lugar
cotidiano dónde los hallen: en sus casas, en
la calle o en el bar. No hay necesidad de concertar
un encuentro formal, es casual y no formal.
Mientras
funcionó la cooperativa, los productores que
compraban los insumos y vendían allí
su producción, acudían con frecuencia
a consultar al asesor técnico o bien éste
visitaba la unidad ante el requerimiento del productor.
El técnico gozaba de mucho crédito entre
los productores, no sólo por tratarse del hijo
de uno de ellos, sino fundamentalmente por su disposición
a no aconsejar erogaciones innecesarias.
Actualmente,
la consulta se efectiviza en los comercios dónde
se abastecen de insumos (agroquímicas o acopios
privados).
Puede
suponerse que la densidad de las relaciones entre
ambos tipos de actores va a tender a disminuir como
consecuencia del nuevo cambio tecnológico.
En primer lugar, con la soja RR, los productores ya
no consultan como antes acerca del tipo y dosis de
herbicidas y, en segundo lugar, han aprendido los
rudimentos del control integrado de plagas, de modo
que no acuden al técnico ante el primer insecto
que aparece en el lote, sino que esperan. Las consultas
se limitan al uso de las nuevas variedades y/o híbridos
que salen al mercado o ante la manifestación
de algún grado de resistencia de las plagas
con las dosis habituales.
Por
el contrario, los encuentros con los técnicos
de instituciones oficiales son escasos. Así,
el 63,8 % de los productores conoce la existencia
del INTA pero no tiene ninguna relación mientras
que del 30,5% restante, el 8,3% acude con frecuencia
y el 22,2% ocasionalmente a la agencia de extensión
o a la estación experimental más próximas
en demanda, por lo general, de análisis de
poder germinativo de las semillas. En los primeros
años de difusión de la soja, era el
asesor de la cooperativa el que los impulsaba a concurrir
a charlas sobre manejo de plagas y del cultivo, que
él mismo organizaba en la localidad con los
técnicos del organismo.
Con
respecto a la participación en el Programa
Cambio Rural impulsado por el INTA, sólo dos
grupos funcionaron en la localidad, convocando sólo
al 25% del grupo local. En la actualidad, ambos desaparecieron
por distintas razones. El 50% conocía el Programa
pero no le interesó integrarse mientras que
el 25% restante desconocía su existencia.
Tampoco
acuden a consultar ni utilizan los servicios que presta
la Facultad de Ciencias Agrarias que se encuentra
ubicada en la localidad. Se evidencia así que,
en Zavalla, los productores no perciben como necesaria
ni beneficiosa la relación con las instituciones
oficiales.
Con respecto a AAPRESID, muy pocos productores tienen
relación con los técnicos de la entidad.
En este caso, adquiere importancia la observación
directa de lo que se lleva a cabo en una explotación
de la localidad.
El
grupo local también acude con frecuencia a
otras fuentes de información, de las cuales
las más importantes son la lectura de revistas
especializadas y suplementos de los diarios, la asistencia
a charlas y programas de televisión. Así,
el 47,2% consulta a más de una fuente, el 27,8%
sólo una y el 25% manifiesta no consultar ninguna.
De todas ellas, las charlas técnicas y la lectura
son las más mencionadas.
Si
conceptualizamos que un aspecto importantísimo
del capital cultural es la disposición a la
búsqueda de información, se observa
que el análisis estadístico arroja una
fuerte correspondencia entre la categoría 2
y la consulta al INTA frecuente y/o ocasionalmente,
la participación en el programa de Cambio Rural
y la demanda frecuente de asesoramiento técnico.
Es decir, los más “modernos” son
aquellos con mayor disposición a acercarse
al discurso técnico, no sólo al de los
técnicos de la localidad con el que comparten,
en cierta medida un sentido común de las cosas
sino también con el de los técnicos
de los organismos oficiales.
La
categoría 3 está asociada a la ausencia
de encuentros con el sistema de conocimiento técnico
oficial aunque los productores que la integran son
conscientes de la existencia del INTA, a la no participación
en Cambio Rural pero lo conocen y a la consulta ocasional
con los técnicos de la actividad privada. La
diferencia entre esta última y la categoría
1 es que sus integrantes desconocen tanto la existencia
del INTA como del Programa de Cambio Rural.
Nuevamente,
queda en evidencia que los productores con mayor número
de vínculos dentro del grupo local son los
más cercanos al discurso técnico: capital
cultural y social van de la mano. Consecuentemente,
no existe relación alguna entre tipo de vínculo
y la mayor o menor disposición a la búsqueda
de asesoramiento.
Se
puede afirmar que, en Zavalla, el discurso técnico
no ha logrado imponer totalmente su forma “objetiva”
de ver las cosas, lo que se evidencia en que la modernidad
incorporada a nivel local necesitó adoptar
primero las variedades RR y luego la siembra directa,
aunque ésta última práctica se
conocía en la zona desde hace 20 años.
Y aún así, la mayoría combina
diferentes sistemas de labranza y no adopta el riego,
incorpora “selectivamente” lo nuevo en
función de la significación que le atribuyen
para sus propias estrategias.
Diferente
es la situación con los técnicos locales.
Dada su condición de “casi” pares,
parecería que el grupo local ha logrado construir
con ellos un “proyecto” común en
la interacción cotidiana. Son también
productores, comparten de alguna manera una visión
del mundo y por eso son más reconocidos en
un lugar de “saber”. Un lugar que los
miembros del grupo local otorgan no sólo desde
la consulta frecuente sino también prestando
atención a lo que hacen en sus unidades.
Las
estrategias de los “Innovadores”
Otros
conceptos acerca del “éxito”
Hasta aquí hemos intentado definir los rasgos
que caracterizan a las estrategias más “modernas”
y más “tradicionales” de los productores
de la localidad. Pero somos nosotros, los investigadores,
quienes desde nuestro punto de vista, estamos adjudicándole
a la palabra “modernización” el
sentido de la incorporación de nuevas tecnologías.
Para el grupo local no tiene el mismo significado,
cuando el grupo habla de un “innovador”
habla de otras cosas. ¿Quiénes son innovadores
para los productores de Zavalla?, ¿quiénes
son aquellos a los que vale la pena mirar y escuchar
con mayor atención?.
Uno
de los más nombrados es un productor que no
forma parte del grupo local(3),
aunque su establecimiento esté dentro del distrito.
Es un miembro importante de la Asociación Argentina
de Productores de Siembra Directa y como tal ha incorporado
la práctica desde hace más de una década.
Los productores reconocen en él a un precursor
de la siembra directa, observan permanentemente lo
que realiza en su unidad pero, al mismo tiempo, no
es considerado un par con el que se pueda compartir
una percepción del mundo. De hecho no la comparten,
muy pocos productores tienen relación directa
con él. Su posición de mayor poder económico
le permite llevar adelante una estrategia productiva
que el grupo local percibe como no posible de llevar
a la práctica, “...cosa
de locos lo que le rinde a esa gente...Trabaja con
mucho fertilizante, le queda menos que a nosotros.
Nosotros sembramos un trigo así nomás
y nos da 30 qq, a él le da 50 qq pero lo que
saca de más lo tiene de gasto” (Arrendatario
y contratista de labor, 87 has.)
(3)
Por esa razón, no fue entrevistado
Quizás
este es el caso que responde más cabalmente
al modelo de modernización impuesto desde afuera.
Los
otros cuatro casos (los productores 18, 23, 28 y 37)
son productores locales, pertenecientes a distintas
categorías, o sea que no responden a una única
estrategia de adopción tecnológica.
Según sus pares, tienen en común que:
“...se
los ve creciendo...” (Contratista de producción
y de labor, 900 has)
“...es gente que trabaja bien”
(Propietario, 54 has)
“...el
que dice la verdad. Si yo tengo una soja que la veo
que es bárbara y el vecino tiene una sojita,
no le puede dar 40 y 30 a mí...” (Productor
propietario y contratista de labor, 50 has).
El
productor 18 (categoría 3) tiene 190 has en
propiedad en la actualidad y arrienda 40 más.
Fue comprando, “..cuando
se pudo. Cada 2 o 3 años, todos puchitos de
a 10 has”...
Adquirió
la última parcela hace 2 años, en pleno
período de crisis para el sector, priorizando
siempre la inversión en tierra y no en maquinarias.
Se trata de una estrategia netamente familiar, “..trabajamos
nosotros 3. Tres tractores, uno para cada uno...”
La
actividad productiva es diversificada: agricultura
y cría de vaquillonas. Es uno de los pocos
que no ha abandonado la ganadería con el boom
de la soja porque es más seguro, le da mayor
estabilidad a la unidad de producción: (las
vacas) “..son un ahorro, es un plazo fijo.
Si tiene que hacer algún negocio, sabe que
está ese aval atrás”
Como
residen en el campo, es posible también una
cierta producción para el autoconsumo. Tiene
una gran habilidad para reparar sus propias máquinas,
al punto que él mismo transformó una
sembradora común para siembra directa y construyó
su planta de silos con el criterio de disminuir los
gastos de comercialización. La línea
de acción apunta al ahorro y a la disminución
de costos.
...“Se
gana un 10%, hace de cuenta que se tiene la cosechadora
con los silos”....
El
productor 23 (categoría 2) tiene 400 has propias
más 100 arrendadas, unidad de la que viven
4 familias y en la que trabajan los 3 hermanos. El
hijo de uno de ellos es ingeniero agrónomo.
Al igual que la anterior, comienza con una superficie
pequeña (70 has) y de a poco van comprando
fracciones en la zona. Está altamente capitalizado
en maquinarias y también las adaptan en función
de sus necesidades:
...”la
sembradora viene con los fertilizadores pero teníamos
el problema que si la tierra estaba húmeda
se pegaba al zapín y el fertilizante iba para
cualquier lado. Le pusimos un cañito para que
el fertilizante vaya unos cm por debajo de la línea
de la semilla”...
Hace
agricultura y cría de vaquillonas para tambo,
también incorporó otros cultivos como
lenteja y maíz pisingallo en la búsqueda
de otras alternativas de diversificación. Tiene
una planta de silos de gran capacidad que le permite
guardar su producción a la espera de precios
convenientes.
El
productor 28 (categoría 3) tiene 230 has propias,
que compra hace sólo 12 años y toma
105 más en una localidad cercana. Trabaja él
con un empleado permanente puesto que los hijos son
aún pequeños. Tiene alta dotación
de capital fijo en maquinarias. Dentro del grupo local,
se enuncia:
(refiriéndose
al 23 y al 28) “son productores fierreros
que cuando aparece una herramienta nueva, ellos son
los primeros en tenerla” (Propietario y
contratista de producción, 80 has).
Hace
sólo agricultura. Tiene una planta de silos
con secadora.
El
productor 37 (categoría 5) tiene 290 has propias
más 370 arrendadas. Es una unidad netamente
familiar: trabajan los 2 hermanos y los hijos. Comienzan
con 20 has y van comprando con el ingreso de la unidad
y prestando servicios de cosecha.
El
parque de maquinarias es viejo: ...“yo en
fierros no quise gastar, por suerte lo invertimos
en algo firme. El que invirtió en fierros,
no tiene más nada”...
Es
el único productor de la localidad que hace
soja orgánica, con variedades tradicionales,
a través de un convenio con una empresa certificadora
lo que le permite duplicar el precio corriente del
quintal. Pero también requiere mayor cantidad
de horas de trabajo: ...“yo
trato de hacerlo lo mejor posible, incluso si lo tengo
que hacer el día domingo”...
Es
interesante lo que enuncia en relación a la
siembra directa: ...“soy
el último que empecé con algún
puchito porque no me convencía del todo. Lo
otro me andaba medianamente bien y ¿porqué
teníamos que cambiar?...
Evidentemente,
no es un productor “de punta” desde el
punto de vista del discurso técnico.
Dispone
de una cosechadora vieja para su propia unidad y de
una planta de silos con secadora.
¿Qué
tienen en común estos cuatro actores? En primer
lugar, han desarrollado estrategias alternativas de
producción y de gestión, basadas en
la explotación de la mano de obra de la familia
y en la disminución de los costos. Comienzan
igual que sus pares pero, a diferencia de ellos, el
ahorro les permite ampliar la escala, priorizando
la inversión en tierra y en la infraestructura
que apunte a una mayor autonomía del sistema
con respecto a las variaciones del contexto.
Todos están ávidos de nueva información:
leen, asisten a charlas, se asesoran. Se vinculan
fuertemente con sus pares (3 tienen 9 o más
vínculos y uno, entre 6 a 8) y si bien pertenecen
a todas las redes, la mayoría de los lazos
son por amistad y vecindad. Quizás la diferencia
con el resto es que están muy vinculados entre
ellos no sólo para intercambiar ideas sino
también para la cooperación material,
ya que es frecuente que se presten semillas de las
nuevas variedades que van probando.
Entonces,
para el grupo local “innovador” no significa
ser “de punta”. Por el contrario, tiene
el sentido del trabajo, del ahorro, de la búsqueda
de nuevas alternativas productivas, de la habilidad
y disposición para reformar la maquinaria sin
excesivas erogaciones. Son los más eficientes
desde el sentido atribuido por el grupo. No están
“allá arriba”, sus estrategias
son consideradas como posibles de llevar a la práctica
por el resto de los productores. Son pares con los
cuales se conversa cotidianamente: su posición
de mayor poder simbólico no se traduce en el
monopolio del derecho a la palabra. La falta de jerarquización
de la red de diálogo del grupo local se evidencia
una vez más.
“Innovadores
somos todos en poco o mucho. Tratamos de investigar
todos y cuando empieza uno le siguen todos de atrás”
(Propietario y contratista de producción,
80 has)
Conclusiones
El
desafío de generar espacios de “igualdad”
El
análisis precedente muestra que, en Zavalla,
ni el discurso técnico ni el del grupo más
“moderno” en función del modelo
tecnológico dominante han logrado imponer su
punto de vista sobre la mayoría.
La
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